Por interpretar a Béla Bartók, los pies desnudos, pero ¿cuántas prendas más olvidará la Kopatchinskaja? Cuando el olvido no es más que frío en los pies, recordar se convierte en algo prescindible. Recordar, del latin re-cordis, no es más que volver a pasar dos veces por el corazón, y hay corazones que no soportan tantos viajes de vuelta.
Las notas vuelan y el público desea alzar las manos, capturar entre sus dedos los sonidos que acaban de escuchar y que cesarán una vez su arco se canse de acariciar las cuerdas. Los ojos de Kopatchinskaja nos hablan de forma casi inaudible, y sus labios observan nuestros gestos. Había leído en algún lugar acerca de mujeres que se marchan como si fuesen canciones, en medio del estribillo. La imaginé abandonando la sala. La imaginé de todas las formas en que un hombre puede imaginarse a una mujer, quizá tomando un café o arreglandose el cabello. La canción había terminado. Guardó en su funda de violín un trozo de mi.
Entendí al fin por qué llevaba tanto tiempo sin escuchar música.
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