sábado, 18 de mayo de 2013

Cortázar sabe de lo que hablo


París es la ciudad del amor. París no es más que la torre Eiffel y el olor a croissants por las mañanas. París es la élie. París es el buen gusto. París termina donde empieza todo lo demás.

No. París es un trozo de tela rojo. París es Horacio Oliveira buscando un azucarillo debajo de la mesa de un restaurante. París es la Maga sin rumbo, la Maga con miles de preguntas y ninguna respuesta. París es Rocamadour llorando en la cuna mientras El club de la Serpiente se reúne y de fondo suena Miles Davis. Un paraguas amarillo roto a las orillas del Sena: eso es París.

París tiene algo de Buenos Aires y Buenos Aires también sabe a París. París es una rayuela constante. Cortázar sabe de lo que hablo. 

miércoles, 15 de mayo de 2013

Lifting histórico


El rostro de aquella anciana estaba surcado por unas arrugas, que, decía, no eran más que las huellas de una vida marcada por la inquidad. Solía enseñarme a leerlas como quien lee en braile.

Una de las líneas que se dibujaban en su cara hablaba de Bolivia y de una revuelta popular que tenía por objetivo algo tan simple y tan digno como poder recoger el agua de la lluvia sin tener que pagar un céntimo a ninguna multinacional. La arruga que se aventuraba hasta la comisura de su boca gritaba contra el negocio del coltán en la República Democrática del Congo.

Otra, que se vislumbraba bajo su ojo izquierdo, se hacía eco de la injusticia vivida en La Moneda, en 1973, y criticaba a todos y cada uno de los dictadores apoyados por el gobierno norteamericano. Una muy pequeña, que se escondia bajo el labio inferior, castigaba al general De Gaulle y olía a mayo francés.

Las exhibía con orgullo y no dudaba en enseñarle a leerlas a cualquier persona que se acercara a conocer sus historias. Era su menester luchar contra el olvido. La única forma de no resignarse ante el "lifting" al que era sometida la Historia a diario.

martes, 14 de mayo de 2013

Ernesto, el hombre que no para de nacer


Hace 85 años, tal día como hoy, la ciudad de Rosario se despertaba distinta. Distinta a como había amanecido el día anterior y a como lo haría cualquier día que no fuera el 14 de mayo de 1928. Puede que fuera el Sol quien le dio la bienvenida. Quizá fue la lluvia la que inundó aquel día primaveral. Fuera como fuere, a Ernesto Guevara debió gustarle la experiencia, porque desde entonces no ha parado de nacer.

Nace todos los días en Argentina, pero también en Cuba. No sólo eso. Ernesto Guevara nace en cada resquicio de lucha que se entreve en cualquier lugar del mundo. Hay gran parte del Comandante en cada gesto de insumisión, en cada rechazo a aceptar las cosas como se nos son dadas, en la negativa a la resignación. Más allá de todas las camisetas, pósters, o cualquier tipo de merchandising que se pueda vender en un gran centro comercial, el Che traspasa y trasciende estas modas y todas las que vendrán.

Inspirando un presente de lucha que augura un futuro en nuestras manos, el símbolo de la Revolución Cubana esta hoy más vivo que nunca, y su máxima “si no hay café para todos, no habrá café para nadie” nos hace replantearnos la consistencia y la legitimidad de un sistema económico que obliga a una parte del mundo a morirse de hambre, y a la otra de obesidad.

Contra todo pronóstico, los responsables de su muerte en Bolivia en 1969 terminaron con su vida pero dieron a luz al mito. Un mito que prevalece por haber llevado a cabo una cosa tan sencilla, pero a la vez tan pura y necesaria como decir lo que se piensa y hacer lo que se dice. Ernesto Guevara estaba movido por un sentimiento, el amor, un amor por una patria sin fronteras compatible con el fusil, como un auténtico revolucionario.

Santa Clara se despertaba para verle. Hoy todos podemos verle reflejado en muchos de los gestos cotidianos de cualquier trabajador o estudiante. Hoy podemos verlo, quizá, en cualquier niño con asma cuyo mayor sueño sea convertirse en médico.


miércoles, 8 de mayo de 2013

El miedo va a cambiar de bando


Cuando la gente deje de sentir lástima al ver un contenedor arder. Cuando las pintadas en las paredes no despierten rechazo entre los estudiantes. Cuando las barricadas comiencen a abrir el camino. Cuando se abandone este pacifismo sumiso que beneficia a muchos, pero no a nosotros. Cuando dejemos de tildar de vagos a los profesores que secundan la huelga. Cuando nos neguemos a aceptar lo inaceptable. Cuando dormir en el suelo de un rectorado pase de ser una locura a convertirse en uno de los más brillantes síntomas de cordura. Cuantos todas las piedras sean lanzadas en la misma dirección y ninguna apunte a un igual. Cuando dejemos de usar el pretexto de la huelga para salir de fiesta. Cuando los cuatro dígitos del precio de nuestra matrícula se conviertan en la verdadera violencia.  Cuando nos demos cuenta de que ninguna mano que no sea la nuestra va a mover un dedo por nosotros.

Puede que entonces algo ocurra. Puede que, finalmente, el miedo cambie de bando. 

jueves, 2 de mayo de 2013

Hay dos mundos


Hay dos mundos. El mundo de #NoALaExpulsiónDeArgi y el mundo de los 260.000 somalíes muertos en dos años. Hay un mundo repleto de personas que piensan y callan. Otro lleno de bocas que hablan sin saber. Entre estos dos mundos, diferencio uno que huele a cacao. El otro, a comida basura. En uno hay gente. En otro hay personas. Uno se estremece con el final de un libro y el otro lo hace con la final del reality show de turno. De todos los mundos posibles, de todos los mundos que podría haber, solo puedo ver dos. En uno hay un pueblo que sale a la calle el 1 de Mayo y en otro me cobran por sonreír. Hay un mundo en el que me regalan dibujos los sábados por la noche, pero también hay otro en el que me regalan facturas que no sé si mis padres podrán pagar. En un mundo que yo conozco los libros están libres de impuestos. En el otro, la libertad de mercado es la impuesta por doquier. Hay un mundo que rima con Fidel y otro que lo hace con cualquier nombre yankee. En uno Chávez mandaba callar. En el otro el Rey no mataba elefantes. En el mundo que yo conozco, las cadenas se rompen solas. Pero en el otro, la jaula es lo suficientemente amplia como para no notar los barrotes.