Hace 85 años, tal día como hoy, la ciudad de
Rosario se despertaba distinta. Distinta a como había amanecido el día anterior
y a como lo haría cualquier día que no fuera el 14 de mayo de 1928. Puede que
fuera el Sol quien le dio la bienvenida. Quizá fue la lluvia la que inundó
aquel día primaveral. Fuera como fuere, a Ernesto Guevara debió gustarle la
experiencia, porque desde entonces no ha parado de nacer.
Nace todos los días en Argentina, pero también en
Cuba. No sólo eso. Ernesto Guevara nace en cada resquicio de lucha que se entreve
en cualquier lugar del mundo. Hay gran parte del Comandante en cada gesto de
insumisión, en cada rechazo a aceptar las cosas como se nos son dadas, en la
negativa a la resignación. Más allá de todas las camisetas, pósters, o
cualquier tipo de merchandising que se pueda vender en un gran centro
comercial, el Che traspasa y trasciende estas modas y todas las que vendrán.
Inspirando un presente de lucha que augura un
futuro en nuestras manos, el símbolo de la Revolución Cubana esta hoy más vivo
que nunca, y su máxima “si no hay café para todos, no habrá café para nadie”
nos hace replantearnos la consistencia y la legitimidad de un sistema económico
que obliga a una parte del mundo a morirse de hambre, y a la otra de obesidad.
Contra todo pronóstico, los responsables de su
muerte en Bolivia en 1969 terminaron con su vida pero dieron a luz al mito. Un
mito que prevalece por haber llevado a cabo una cosa tan sencilla, pero a la
vez tan pura y necesaria como decir lo que se piensa y hacer lo que se dice. Ernesto
Guevara estaba movido por un sentimiento, el amor, un amor por una patria sin
fronteras compatible con el fusil, como un auténtico revolucionario.
Santa Clara se despertaba para verle. Hoy todos
podemos verle reflejado en muchos de los gestos cotidianos de cualquier
trabajador o estudiante. Hoy podemos verlo, quizá, en cualquier niño con asma
cuyo mayor sueño sea convertirse en médico.