martes, 9 de abril de 2013

El hombre que se fue en silencio

Sin palabras. Hoy ha amanecido muy triste y se cumple el mil veces oído “ojos que no ven, corazón que no siente”. Mientras todo el mundo habla de Sara Montiel y Margaret Thatcher, calladito, sin hacer ruido, se iba el más grande. Y es que incluso para morir no quiso llamar la atención, ni tan siquiera salir en la contraportada de ningún periódico. Tenía 96 años de sabiduría y la pose de cualquier abuelo, del abuelo que muchos (entre los que me incluyo) nunca hemos tenido. Aún recuerdo cuando, por estas fechas hace un año, hablaba con un amigo sobre la posibilidad de que José Luis Sampedro se acabase “yendo” (en el sentido más metafórico, ya sabemos que la gente así nunca termina por irse) y me repetía a mi misma: aún le queda mucho por escribir, mucho por pensar. Todavía me persigue esa maldita manía de creer que la gente buena, la gente pura de verdad, no puede marcharse. Que los García Márquez, los Chomsky, los Galeano, son eternos. Que nadie podrá tomar jamás su relevo. Primero ha sido la negación, después la rabia y, acto seguido, las ganas de escribir algo que pudiese honrar al menos su ausencia.

Su voz cortada nos repitió una y mil veces que el capitalismo se agotaba, que aún estamos por no creerle. Juraba y perjuraba que si esto no cambiaba por la vía de la razón, lo haría por la del desastre. Se oponía rotundamente a la opinión popular de calificar como calidad de vida a la cantidad de cosas, y jamás desistió en el intento de concienciar tanto a los jóvenes como a los no tan jóvenes. Ahora queda tanto por hacer, que su muerte solo sería compensada si lográramos poner en práctica todo lo que el algún día dijo. Si hay una frase que define a José Luis Sampedro es la del comandante Ernesto Guevara: “Hay que endurecerse, pero sin perder jamás la ternura”. Eso era él, ternura. Y se ha ido, como se fue Salvatore Roncone, el tan entrañable abuelo de su novela “La Sonrisa etrusca”. Y nosotros, su nieto Bruno, nos quedamos aquí. En este mundo de locos en el que él, durante 96 años, puso la voz de la cordura.

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