El rostro de aquella anciana estaba surcado por unas arrugas, que, decía, no eran más que las huellas de una vida marcada por la inquidad. Solía enseñarme a leerlas como quien lee en braile.
Una de las líneas que se dibujaban en su cara hablaba de Bolivia y de una revuelta popular que tenía por objetivo algo tan simple y tan digno como poder recoger el agua de la lluvia sin tener que pagar un céntimo a ninguna multinacional. La arruga que se aventuraba hasta la comisura de su boca gritaba contra el negocio del coltán en la República Democrática del Congo.
Otra, que se vislumbraba bajo su ojo izquierdo, se hacía eco de la injusticia vivida en La Moneda, en 1973, y criticaba a todos y cada uno de los dictadores apoyados por el gobierno norteamericano. Una muy pequeña, que se escondia bajo el labio inferior, castigaba al general De Gaulle y olía a mayo francés.
Las exhibía con orgullo y no dudaba en enseñarle a leerlas a cualquier persona que se acercara a conocer sus historias. Era su menester luchar contra el olvido. La única forma de no resignarse ante el "lifting" al que era sometida la Historia a diario.
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